Asesoramiento Jurídico

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Sebastián Serrano Alou

Abogado Laboralista de la ciudad de Rosario, Santa Fe, Argentina - Magíster en Derecho del Trabajo y Relaciones Laborales Internacionales, Universidad Nacional de Tres de Febrero

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5 feb. 2017

La lucha de clases y los trabajadores ayer y hoy

Pagina12 | Cash

Lucha de clases
Hablar de la prensa hegemónica no es, decididamente, un rezago de tiempos de la batalla cultural kirchnerista. Hasta el nuevo gobierno estadounidense la definió como “un partido político” que posee el singular poder de definir la agenda del debate público. Pero su rol es mucho más sutil que el de una simple parcialidad: la prensa es un aparato, sofisticado y multidimensional, de legitimación del poder económico. Cuando hoy se confronta con la prensa hegemónica se confronta con el poder real. Este poder construyó la exitosa idea de “la grieta” que habría provocado el gobierno anterior (al parecer antes, por ejemplo en el 55 o en los ‘70, no existía) y cuya contrapartida la constituye la referencia constante a la palabra “juntos” del discurso macrista. Antes de diciembre de 2015 el país estaba desgarrado por la grieta, pero el cambio de gobierno llegó para “unir a los argentinos”, una de los tres objetivos gubernamentales “para la gilada”. Que no ofenda la expresión. Si serán para la gilada los objetivos que Mauricio Macri reconoció esta semana que la meta de “pobreza cero” demandará para ser alcanzada un largo camino de 20 años, los que sólo son nada para el tango. Así que, amigos pobres, a sincerarse y a esperar sentados la carroza; que celulares, televisores y viajes ya no son para ustedes, ni siquiera en cuotas ni con descuento de contado, como lo demostró, también esta semana, el último sinceramiento gubernamental, los fallidos “precios transparentes”. Y a cuidarse de no tener la heladera o la computadora encendida todo el día, que el Estado neoliberal está siempre atento a los detalles de la vida privada, como se los recordará pronto la nueva facturación mensual.
  Pero a no descentrarse. La grieta no es un país desgarrado, la grieta es la lucha de clases. Y si hay algo que disgusta al capitalismo es hablar de clases y de lucha. Toda esta oración resulta sumamente demodé. “Clases” o “capitalismo” son palabras de rigor sociológico, pero de mal tono para el discurso bien pensante ¿O es que acaso quieren hacer la revolución ahora? Decía Marx en El Manifiesto: “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”. Fue en 1875 y desde entonces el aparato de legitimación del orden económico intentó negar la idea. No logró expulsarla de las ciencias sociales, apenas lo consiguió con la corriente principal de una de ellas, la economía. Sin embargo, a pesar del gran invento de la clase media, ese gran amortiguador y también promesa, el conflicto continúa siendo inherente a la política en general y a la política económica en particular. A la política, porque ordena las relaciones de poder entre las clases y a la política económica, porque plasma la distribución del ingreso entre ellas.
  Pero lo que vuelve al concepto de lucha de clases más contemporáneo es el carácter notablemente clasista del gobierno de la Alianza PRO. Bajo la existencia, por ejemplo, de un Estado Benefactor empeñado en la distribución progresiva del ingreso resultaba más natural para las mayorías pensar en los términos armónicos del pluriclasismo. Ello a pesar de que, siguiendo a Marx o, ya en el siglo XX, a M. Kalecki, siempre hubiese clases preparando la reacción. Con un gobierno también empeñado en la redistribución, pero regresiva en favor del capital, todo cambia. La fuerza política que no sólo prometió pobreza cero, sino que insistió en que “no vas a perder nada de lo que ya tenés”, impuso en la realidad nacional un nuevo imaginario de escasez por todos lados y la propuesta de una existencia low cost, ecológica y de bajo consumo, el sueño de los muchos ex Greenpeace que integran los “equipos”; viejos cultores de las teorías del decrecimiento, como el éxito conseguido con la contracción de casi el 3 por ciento del PIB de 2016.
 La presunta nueva escasez reinante es la que se utiliza para justificar el cambio de sentido en la redistribución del ingreso. Como si nada hubiese sucedido vuelven a escucharse discursos superados por la experiencia histórica. Se afirma, por ejemplo, que “no se puede redistribuir lo que no se tiene”. Lo que está por detrás de esta afirmación errónea es la vetusta teoría del derrame, según la cual la redistribución sólo puede llegar después de “agrandar la torta” en manos de los empresarios, es decir, previo a profundizar la acumulación de capital, la riqueza en manos de una clase.
  Si se somete esta noción al análisis económico más elemental resulta insostenible. El dato clave es que no se redistribuye “la torta”, es decir “la riqueza”, sino “el ingreso”; no un stock acumulado en el pasado, sino un flujo: “el valor agregado en el momento de la producción”; la parte que se lleva el capital y la que se lleva el trabajo, la ganancia y el salario. Dicho de otra manera, se puede redistribuir partiendo de cero. Obviamente la relación capital-trabajo es una relación capitalista, lo que supone, otra vez siguiendo a Marx, que la acumulación originaria ya se produjo. Esta relación es también una relación de poder que, por lo tanto, no puede resolverse satisfactoriamente en la presunta neutralidad del mercado, sino que la resuelve la política a través del Estado. Finalmente, la redistribución del flujo de ingresos entre el salario y la ganancia ocurre dentro del capitalismo, es decir; sin romper el orden jurídico basado en la defensa de la propiedad privada. La redistribución del stock riqueza, en cambio, sería un proceso revolucionario, “la ruptura de la superestructura jurídico-política”.
  Un ejemplo concreto de redistribución del ingreso fue la economía local en 2016. Los salarios, la parte que se llevaron los trabajadores del flujo generado en el momento de la producción, se redujeron, en términos de poder adquisitivo, entre un 6 y un 10 por ciento, según hayan sido trabajadores formales registrados, privados o estatales. Lo que perdió la clase trabajadora no se desvaneció en el aire, sino que quedó en manos del otro polo en la distribución del ingreso, el capital. El mecanismo utilizado fue el ajuste de paritarias por debajo de la inflación, para lo cual, aunque parezca redundante, se necesitan las dos cosas, las negociaciones paritarias a la baja y la inflación al alza. La metodología intentará repetirse, con otras magnitudes, en 2017. En 2016 el movimiento obrero organizado ejerció escasa resistencia. Es probable, tal vez, que en 2017 la resistencia sea mayor. La lucha de clases nunca se detiene. Aquí comienza a operar otra parte de la teoría económica. Si los ingresos de los trabajadores continúan cayendo, también lo hará el PIB, lo que en un año electoral supone para el gobierno dispararse en un pie, dato que no parece corresponderse con la acción política racional.
Fuente: https://www.pagina12.com.ar/18197-lucha-de-clases


El desempleo y sus consecuencias

Pagina12 | Psicología

CONSECUENCIAS CLÍNICAS Y SUBJETIVAS DEL DESEMPLEO
La amenaza de exclusión
Perder un trabajo significa muchas más cosas que dejar de cobrar un dinero a fin de mes. Supone la peor y más efectiva arma de manipulación del alma humana: el quedar afuera, la nefasta versión con que la pulsión de muerte asoma sus garras en el siglo XXI.
Desde que Cambiemos tomó el poder en diciembre de 2015, casi doscientos mil personas han perdido su puesto de trabajo. Se calcula que en el costado informal de la economía esa cifra aumenta de manera exponencial. Un reciente artículo vincula esta pauperización del mercado de trabajo con el empeoramiento de la Salud Mental de la población (1). No es para menos, el más leve y elemental análisis indica que el empleo constituye un lugar de privilegio para sustentar cierto equilibrio psíquico a partir de los hábitos, rutinas y contactos sociales que brinda un trabajo estable.  
Con todo, vale intentar dar un paso más allá de lo que el sentido común indica para dimensionar la actual catástrofe social en ciernes. El sujeto del inconciente no es un ser de la necesidad, es un ser de deseo. Esto significa que, más allá de las exigencias que el soma impone (vestimenta, vivienda, alimentación, salud, etc.), el ser hablante se nutre de las significaciones que brindan sentido –o no– a las eventuales contingencias. Esto es: una misma escena puede ser interpretada de múltiples maneras de acuerdo al contexto, la enunciación y los dichos que giran en torno a ella. Para decirlo todo: no siempre perder un trabajo resulta una calamidad, si el contexto ayuda, hay chance de conseguir algo mejor. Lo cierto es que la nefasta empresa neoliberal que nos gobierna  ha hecho todo como para que el crecimiento del desempleo se traduzca en culpa, depresión, humillación y aislamiento. Por algo, el filósofo Byung-Chul Han observa que el disciplinamiento de los cuerpos y la biopolítica de los que supo investigar y teorizar Michel Foucault ya es parte de la historia, el actual neoliberalismo se sirve de la Psicopolítica (2): es decir: del control de las voluntades como estrategia para que las personas se sientan libres en su esclavitud, con infinidad de opciones imposibles y culpables de no poder acceder a ellas.

La desmentida

Pero esto no es todo, la actual pérdida de trabajo acontece en un contexto de vaciamiento simbólico por el cual el valor de la palabra (esto es: la posibilidad de expresar el dolor, la expectativa de solidaridad y el llamado al semejante) pierde terreno frente a un cinismo inédito desde el regreso de la democracia en 1983. El actual gobierno argentino constituye un ejemplo paradigmático de este tóxico verbal que –al socavar la capacidad referencial del lenguaje– corrompe el discurso y corroe el lazo social. Y no se trata tanto de las promesas incumplidas que la actual administración  acumula de manera cotidiana, sino del recurso perverso por excelencia, a saber: la desmentida. Esto es: negar a sabiendas de que el otro sabe que el emisor sabe que todos saben que se está mintiendo. Cuando el emisor  del mensaje, el otro que escucha y todos los testigos coinciden en la falsedad de una frase sin que esto suponga la descalificación del mentiroso, estamos en el terreno de la barbarie discursiva. Como no podría ser de otra manera, aquí el poder mediático y sus espadas en la justicia son quienes ofician como el Atila de la palabra.
La clínica prueba que el uso constante de la desmentida enloquece a las personas o, en el mejor de los casos, empuja a la sórdida servidumbre de lo acrítico. (El mismísimo jefe de Gabinete ha dicho que “el pensamiento crítico le puede hacer mal a la Argentina” (3) Entonces: ¿qué posibilidad de tramitación psíquica puede logar una persona al perder el trabajo cuando el discurso que vocifera la inmensa mayoría de medios de comunicación asevera que los bienes, puestos de trabajo y niveles de consumo de los que se gozaba hasta no hace mucho tiempo, eran meras ilusiones?  

El terrorismo del ¿Y si...?

Entre las múltiples manifestaciones clínicas de esta corrupción verbal que socava la buena fe de las personas figura lo que elijo denominar el terrorismo del ¿Y si…?  Se trata de una formulación cada vez más recurrente en el consultorio que atestigua la exacerbación de las fantasías de catástrofe, soledad y aislamiento, entre las cuales la pérdida de trabajo ocupa un lugar de triste privilegio. El ¿Y si…? es una pregunta acorde con lo que Hegel supo denominar el infinito malo, es decir: una escalada de racionalizaciones cuya insensata deriva no lleva a otra parte más que a satisfacer las peores tendencias masoquistas por medio de una autosugestión. Esto enferma.  De hecho, “la angustia de la segunda tópica freudiana –espera sin esperanzas, expectativa, acecho de nada, pues no está en el tiempo de lo que puede esperar– es un amo sin rostro; y no hay política posible frente a ella, como no sea su transformación en síntoma” (4). Por ejemplo, a través de la pregunta: “¿y por qué debería yo saber?”
Es que cuando un paciente aparece con esta modalidad de queja o angustia, no es por el lado de brindar una respuesta que reside la intervención correcta, sino de iluminar esta enunciación tramposa y nefasta a la que hoy el neoliberalismo nos conmina. Se trata de transmitir que nuestra experiencia de seres hablantes consiste precisamente en no disponer de respuesta a los tramposos ¿Y si…? , sino antes bien en desenmascarar la maniobra que nos empuja a quedar atrapados en esta demanda loca y perversa cuya falsa certeza se asienta en el supuesto de una verdad única.  No en vano a la pregunta kantiana acerca de ¿qué puedo yo saber?: Lacan contestaba: “nada que no tenga la estructura del lenguaje en todo caso” (5), léase: las ficciones del lenguaje, entre las cuales el saber ocupa un sitial de privilegio. Salir de la parálisis del ¿Y si…? permite acceder al acto: sea éste la lucha política, la denuncia, la convocatoria al semejante, etc.

Conclusiones

Se comprende entonces que hoy perder un trabajo significa muchas más cosas que dejar de cobrar un dinero a fin de mes: supone la peor y más efectiva arma de manipulación del alma humana: la amenaza de exclusión. Nada aterra más a un ser hablante que el quedar afuera. El capitalismo, con diferentes estrategias y estilos según la época y el lugar, ha sabido servirse de esta condición de estructura para someter a las personas a trabajos mal pagos, en condiciones infrahumanas equiparables a la esclavitud. De hecho, desde hace largos años, el discurso se ha encargado de estigmatizar a todo sujeto que no cumple con las pautas de utilidad que impone el mercado: vago, inútil, inservible, son algunos de los epítetos que las personas repetimos en virtud de nuestra inconciente adhesión al código que fija el mercado. Significaciones que cobran el valor de una dramática paradoja no bien se advierte que –neoliberalismo mediante– nos dirigimos hacia una sociedad del ocio para pocos y segregación para muchos, en la que el valor del trabajo como pilar del lazo social se diluye a favor del consumo individualista. Se trata de hacer visible esta nefasta versión con que la pulsión de muerte asoma sus garras en el siglo XXI.
* Psicoanalista. Hospital Alvarez.
2 Byung Chul Han, “Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder”, Herder, 2014.
4 Antoni Vicens,  “No saber qué hacer, poder esperar, no estar a tiempo” en Lakant, Jacques Alain Miller, Buenos Aires, Tres Haches, 2000, p. 49
5 Jacques Lacan, Televisión en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 562.


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